Además de que el Pato Lucas siempre será más humano —por celoso, traidor y ambicioso— que cualquier personaje de Disney, las viejas caricaturas de Warner nos dieron un regalo adicional: los collages sonoros de Carl Stalling.
25 de julio de 2008
4 de julio de 2008
Qué jazzistas tan cerdos
Un santo y seña forjado con interminables sesiones frente al televisor cuando éste no era visto como la nana más peligrosa del mundo occidental, dice: "¿Quién es nuestro estupendo actor? / ¿Quién nos hace gozar?..."
Además de enseñarnos que ganarse por radio un pato negro "que hace cua-cuá" no era recomendable y de que los productos Acme llegaban rápido por correo -aunque su calidad siempre será dudosa-, El Festival de Porky nos dio a muchos entonces infantes las primeras nociones de cool jazz con Three Little Bops, una brillante paráfrasis de "Los tres cerditos y el lobo feroz" en la que los puercos hermanos eran miembros de un combo musical que dadas sus altas exigencias no abría sus filas para que un lobo con trompeta y poco talento se integrara.
Humillado por el trío -compuesto por batería, guitarra y piano- y por el público, al lobo no le quedaba sino soplar y soplar a través de su instrumento para derrumbar primero el club erigido con paja, luego el construido con madera y por último descubrir que el de ladrillos era inexpugnable. El relato tenía un narrador y necesario es apuntar que la versión doblada en español era espléndida en su forma y contenido. Con chacota y un fraseo sensacional, se aderezaban las escenas con memorables versos como éstos: "Y poco antes de lo que les cuento/ tenían una casa de puro cemento./ Y un gran letrero allí en la puerta,/ decía muy claro que el lobo no entra. (...) El lobo feroz desapareció/ y en su lugar una gran mancha quedó./ Se le buscó en todo lugar/ pero al infierno fue a parar".
Y es que desesperado ante tanto rechazo tras intentar colarse al exclusivo club con un ukelele, disfrazado en una maceta y como percusionista colegial con bombo, el lobo decide volar el sitio con un gran cartucho de dinamita y, por supuesto, se malogra su propósito, acabando su existencia en un caldero y convertido (¡hélas!) en el excelente trompetista que en vida no pudo ser. Pero como se trata de que el final feliz cobije a todos, el espíritu del antes frustrado asciende al escenario y se une al trío, que incluso cambia su nombre a "Los Tres Cerditos y Uno".
Aunque inocente en apariencia y adecuada para un horario triple A, la caricatura, estrenada en cines en Estados Unidos el 5 de enero de 1957 y luego transmitida en las pantallas chicas dentro de El Festival de Porky, contiene dos lecturas que demuestran la sagacidad del guionista Warren Foster (quien después hizo trabajos más inocentes con el Oso Yogui y Charlie Brown) y del compositor Shorty Rogers (1924-1994): la primera se relaciona con Robert Johnson (1911-1938), de quien la leyenda dice que siendo un inhábil músico, una noche, cerca de una plantación en Mississippi, se encontró con el mismísimo Diablo y éste le ofreció convertirlo en el mejor blues man si a cambio le daba su alma. Johnson aceptó. El Diablo afinó la guitarra del joven, se la regresó y éste, en menos de un año, se había convertido en el Rey del Blues del Delta, capaz de escribir, tocar y cantar las más memorables canciones del género, muchas de las cuales se pueden escuchar en el Robert Johnson: The Complete Recordings (Columbia/ Legacy, 1990), que recibió un Grammy como grabación histórica.
La otra interpretación puede parecer más desaforada, pero tras revisar la biografía de Shorty Rogers (1924-1994) es sencillo advertir que quien fue integrante del Woody Herman's First Herd conoció a muchos colegas que vivieron en el regularmente llamado "infierno de la droga". La heroína fue sustancia de uso común entre muchos músicos que recurrieron a ella para soportar y dar lo mejor de sí en extenuantes sesiones en clubes y estudios de grabación. Unos pudieron desengancharse de ella, otros no. La nómina de músicos con los que Rogers trabajó y que sabían de la angustia porque el conecte llegara a tiempo fueron, entre otros, el trompetista y cantante Chet Baker (1929-1988), el baterista Shelly Manne (1920-1984) y los saxofonistas Charlie Parker (1920-1955), Art Pepper (1925-1982) y Dexter Gordon (1923-1990).
El descenso del lobo al averno y el sonido afilado que allí adquiere permiten suponer que la idea de Rogers y Warren Foster era la misma: el infierno es insoportable, pero lo que a veces se consigue en él puede ser, artísticamente, irreprochable. De hecho, en la misma vena, Rogers había participado dos años antes en uno de los filmes clave de la relación música-infierno-drogas: El hombre con el brazo de oro (Otto Preminger, 1955), en la que Frank Sinatra encarna a un baterista que quiere enmendarse socialmente pero reincide en la droga y su drama existencial se agudiza por la presencia de una esposa chantajista y una gavilla que lo obliga a jugar sucio al póquer.
Caricatura excepcional por su tema, tratamiento y conclusión, Three Little Bops merece una revaloración tan grande como que consiguió la serie televisiva Jazz, de Ken Burns, y, ante todo, su retransmisión frecuente, aunque sea en horario para adultos.
Este post fue originalmente publicado en el blog Lulú Roja hace tres años. Hoy lo exhumo porque, gracias a la Diosa Fortuna, McLocoMX, un magnífico usuario de youtube, ha subido infinidad de caricaturas con el doblaje que todos conocimos y puedes verla aquí. O acá:
Además de enseñarnos que ganarse por radio un pato negro "que hace cua-cuá" no era recomendable y de que los productos Acme llegaban rápido por correo -aunque su calidad siempre será dudosa-, El Festival de Porky nos dio a muchos entonces infantes las primeras nociones de cool jazz con Three Little Bops, una brillante paráfrasis de "Los tres cerditos y el lobo feroz" en la que los puercos hermanos eran miembros de un combo musical que dadas sus altas exigencias no abría sus filas para que un lobo con trompeta y poco talento se integrara.
Humillado por el trío -compuesto por batería, guitarra y piano- y por el público, al lobo no le quedaba sino soplar y soplar a través de su instrumento para derrumbar primero el club erigido con paja, luego el construido con madera y por último descubrir que el de ladrillos era inexpugnable. El relato tenía un narrador y necesario es apuntar que la versión doblada en español era espléndida en su forma y contenido. Con chacota y un fraseo sensacional, se aderezaban las escenas con memorables versos como éstos: "Y poco antes de lo que les cuento/ tenían una casa de puro cemento./ Y un gran letrero allí en la puerta,/ decía muy claro que el lobo no entra. (...) El lobo feroz desapareció/ y en su lugar una gran mancha quedó./ Se le buscó en todo lugar/ pero al infierno fue a parar".
Y es que desesperado ante tanto rechazo tras intentar colarse al exclusivo club con un ukelele, disfrazado en una maceta y como percusionista colegial con bombo, el lobo decide volar el sitio con un gran cartucho de dinamita y, por supuesto, se malogra su propósito, acabando su existencia en un caldero y convertido (¡hélas!) en el excelente trompetista que en vida no pudo ser. Pero como se trata de que el final feliz cobije a todos, el espíritu del antes frustrado asciende al escenario y se une al trío, que incluso cambia su nombre a "Los Tres Cerditos y Uno".
Aunque inocente en apariencia y adecuada para un horario triple A, la caricatura, estrenada en cines en Estados Unidos el 5 de enero de 1957 y luego transmitida en las pantallas chicas dentro de El Festival de Porky, contiene dos lecturas que demuestran la sagacidad del guionista Warren Foster (quien después hizo trabajos más inocentes con el Oso Yogui y Charlie Brown) y del compositor Shorty Rogers (1924-1994): la primera se relaciona con Robert Johnson (1911-1938), de quien la leyenda dice que siendo un inhábil músico, una noche, cerca de una plantación en Mississippi, se encontró con el mismísimo Diablo y éste le ofreció convertirlo en el mejor blues man si a cambio le daba su alma. Johnson aceptó. El Diablo afinó la guitarra del joven, se la regresó y éste, en menos de un año, se había convertido en el Rey del Blues del Delta, capaz de escribir, tocar y cantar las más memorables canciones del género, muchas de las cuales se pueden escuchar en el Robert Johnson: The Complete Recordings (Columbia/ Legacy, 1990), que recibió un Grammy como grabación histórica.
La otra interpretación puede parecer más desaforada, pero tras revisar la biografía de Shorty Rogers (1924-1994) es sencillo advertir que quien fue integrante del Woody Herman's First Herd conoció a muchos colegas que vivieron en el regularmente llamado "infierno de la droga". La heroína fue sustancia de uso común entre muchos músicos que recurrieron a ella para soportar y dar lo mejor de sí en extenuantes sesiones en clubes y estudios de grabación. Unos pudieron desengancharse de ella, otros no. La nómina de músicos con los que Rogers trabajó y que sabían de la angustia porque el conecte llegara a tiempo fueron, entre otros, el trompetista y cantante Chet Baker (1929-1988), el baterista Shelly Manne (1920-1984) y los saxofonistas Charlie Parker (1920-1955), Art Pepper (1925-1982) y Dexter Gordon (1923-1990).
El descenso del lobo al averno y el sonido afilado que allí adquiere permiten suponer que la idea de Rogers y Warren Foster era la misma: el infierno es insoportable, pero lo que a veces se consigue en él puede ser, artísticamente, irreprochable. De hecho, en la misma vena, Rogers había participado dos años antes en uno de los filmes clave de la relación música-infierno-drogas: El hombre con el brazo de oro (Otto Preminger, 1955), en la que Frank Sinatra encarna a un baterista que quiere enmendarse socialmente pero reincide en la droga y su drama existencial se agudiza por la presencia de una esposa chantajista y una gavilla que lo obliga a jugar sucio al póquer.
Caricatura excepcional por su tema, tratamiento y conclusión, Three Little Bops merece una revaloración tan grande como que consiguió la serie televisiva Jazz, de Ken Burns, y, ante todo, su retransmisión frecuente, aunque sea en horario para adultos.
Este post fue originalmente publicado en el blog Lulú Roja hace tres años. Hoy lo exhumo porque, gracias a la Diosa Fortuna, McLocoMX, un magnífico usuario de youtube, ha subido infinidad de caricaturas con el doblaje que todos conocimos y puedes verla aquí. O acá:
26 de junio de 2008
El otro sonido del Mersey
Representantes de la ola inglesa hubo que cruzaron el océano, pero por carecer su obra de amplificación y no cantar ni pulsar instrumentos musicales, sus palabras se quedaron comiendo polvo en librerías o en cajones de editores.En Liverpool a mediados de los años sesenta, Brian Patten (Liverpool, 1946), en compañía de Adrian Henry y Roger McGough, formó un grupo de poesía denominado The Mersey Sound. La única vez que he escuchado un poema suyo, en disco, ha sido en la voz de Linda Thompson, quien en el álbum Give me a sad song, interpreta cuatro poemas de él, musicalizados por distintos compositores: “Embroidered butterflies”, “After frost”, “You missed the sunflowers at their height” y mi favorita, “Sometimes it happens”, que tiene como co-autor nada menos que a Neil Iness (Rutle por excelencia). En español no he visto libros de ellos, pero hoy, por el influjo de la lluvia, he pensado en Patten y por allí encontré esta traducción de Gabriel Jiménez Emán.
La confesión del pequeño Johnny
Esta mañana,
portándome más bien joven y tonto.
tomé prestada a mi padre una ametralladora
que había dejado escondida desde la guerra, fui afuera
y eliminé a un buen número de pequeños enemigos.
Desde entonces no he regresado a casa.
Esta mañana
multitudes de policías con sabuesos
merodeaban alrededor de la ciudad
con mi descripción impresa
en sus mentes, preguntando:
"¿Lo han visto?
Tiene siete años,
Como Pluto, el Super Ratón
y Biffo el Oso,
¿lo han visto por alguna parte?"
Esta mañana
sentado solo en un extraño campo de juego
murmurando: Te has equivocado, te has equivocado,
una y otra vez a mí mismo,
resuelvo mi próximo movimiento
pero no puedo moverme;
los sabuesos me olfatearán.
Ellos tienen mis caramelos.
25 de junio de 2008
Y además hacía collages
En semanas recientes, Louis Armstrong ha estado muy presente en mis oídos y ahora, gracias a Paris Review, también me deslumbra la mirada. Aquí puedes ver algunas muestras del trabajo que elaboró en el reverso de más de mil cajas que contenían cintas para grabar. La nota anuncia la aparición del libro Satchmo: The Wonderful World of Louis Armstrong, de Steven Brower, que reúne ese tesoro. Decir que se me antojó es una obviedad.


11 de marzo de 2008
Todos (ejem) somos Zimmy

Si tu vida ha marchado bien sin necesidad de que sepas quiénes son Suze Rotolo, Sara Lownds, Albert Grossman, Pete Seeger, Woody Guthrie, Allen Ginsberg, Joan Baez, Bob Neuwirth y Horace Judson, entre otros, es probable que I’m not there te parezca un filme tan torcido como las líneas de esta canción:
Ah get born, keep warm
short pants, romance, learn to dance
get dressed, get blessed
try to be a success
please her, please him, buy gifts
don't steal, don't lift
twenty years of schoolin'
and they put you on the day shift…
Y salgas a la noche preguntándote si no ha sido todo una vacilada para que Dylan, inaprensible, fugitivo, resulte aún más complejo de asir.
A la manera de Chronicles, el primer tomo autobiográfico de Dylan, la película de Todd Haynes está armada con una serie de postales cuyas palabras ayudan, a veces, a entender el contexto de la imagen, y en otras sólo conectan con quien conozca generalidades biográficas de Dylan. ¿Detalles? No hay tantos en el filme. De hecho, abundan las escenas que tienen plena correspondencia con la mitología, mas no con los hechos. Por ejemplo, un Pete Seeger de mentiritas, enfurecido por la irreverencia eléctrica y el alto volumen con que Jude Story y sus muchachos desmelenan a los asistentes a un festival folk (Newport 1965), coge un hacha para cortar el cable de la energía y Grossman —el manager que con turbios negocios se benefició en los años sesenta con el 50% de los derechos que las canciones de su protegido producían— se le va encima para impedírselo. Hay gente y periodistas que juran haber visto ese incidente, pero ha sido el mismo Seeger quien les ha puesto un mentís en diversas entrevistas y jura y perjura que no tomó ningún instrumento para poner el orden, aunque él señala que ni su esposa le cree.
Las fuentes de Haynes son, en apariencia, sencillas de hallar. Hay referencias a los documentales Don’t look back y Eat the document, al ya referido Chronicles —donde por allí afirma su autor que Denzel Washington podría interpretar a Woody Guthrie en la pantalla grande— , a Dylan, de Howard Sounes —disponible en español como Dylan, la biografía (Reservoir Books, Random House Mondadori)—, el extenso volumen de entrevistas editado por Rolling Stone, The Essential Interviews, de donde se extrajeron no pocas ideas (un largo recitativo del Woody Guthrie de once años tiene su origen en la charla que Nat Hentoff, de Playboy, sosutuvo con el compositor:
Ah get born, keep warm
short pants, romance, learn to dance
get dressed, get blessed
try to be a success
please her, please him, buy gifts
don't steal, don't lift
twenty years of schoolin'
and they put you on the day shift…
Y salgas a la noche preguntándote si no ha sido todo una vacilada para que Dylan, inaprensible, fugitivo, resulte aún más complejo de asir.
A la manera de Chronicles, el primer tomo autobiográfico de Dylan, la película de Todd Haynes está armada con una serie de postales cuyas palabras ayudan, a veces, a entender el contexto de la imagen, y en otras sólo conectan con quien conozca generalidades biográficas de Dylan. ¿Detalles? No hay tantos en el filme. De hecho, abundan las escenas que tienen plena correspondencia con la mitología, mas no con los hechos. Por ejemplo, un Pete Seeger de mentiritas, enfurecido por la irreverencia eléctrica y el alto volumen con que Jude Story y sus muchachos desmelenan a los asistentes a un festival folk (Newport 1965), coge un hacha para cortar el cable de la energía y Grossman —el manager que con turbios negocios se benefició en los años sesenta con el 50% de los derechos que las canciones de su protegido producían— se le va encima para impedírselo. Hay gente y periodistas que juran haber visto ese incidente, pero ha sido el mismo Seeger quien les ha puesto un mentís en diversas entrevistas y jura y perjura que no tomó ningún instrumento para poner el orden, aunque él señala que ni su esposa le cree.
Las fuentes de Haynes son, en apariencia, sencillas de hallar. Hay referencias a los documentales Don’t look back y Eat the document, al ya referido Chronicles —donde por allí afirma su autor que Denzel Washington podría interpretar a Woody Guthrie en la pantalla grande— , a Dylan, de Howard Sounes —disponible en español como Dylan, la biografía (Reservoir Books, Random House Mondadori)—, el extenso volumen de entrevistas editado por Rolling Stone, The Essential Interviews, de donde se extrajeron no pocas ideas (un largo recitativo del Woody Guthrie de once años tiene su origen en la charla que Nat Hentoff, de Playboy, sosutuvo con el compositor:
Hentoff: What made you decide to go the rock n' roll route?
Dylan: Carelessness. I lost my one true love. I start drinking. The first thing I know, I'm in a card game. Then I'm in a crap game. I wake up in a pool hall. Then this big Mexican lady drags me off the table, takes me to Philadelphia. She leaves me alone in her house, and it burns down. I wind up in Phoenix. I get a job as a Chinaman. I start working in a dime store, and move in with a 13-year old girl. Then this big Mexican lady from Philadelphia comes in and burns down the house. I go to Dallas. I get a job as a "before" in a Charles Atlas "before and after" ad. I move in with a delivery boy who can cook fantastic chili and hot dogs. Then this 13-year old girl from Phoenix comes and burns the house down. The delivery boy, he ain't so mild. He gives her the knife, and the next thing you know I'm in Omaha. It's so cold there, by this time I am robbin' my own bicycles and frying my own fish. I stumble into some luck and get a job as a carburator out at the hot-rod races every Thursday night. I move in with a High School teacher who does a little plumbing on the side, who ain't much to look at, but who's built a special kind of refigerator that can turn newspaper into lettuce. Everything's going good until that delivery boy shows up and tries to knife me. Needless to say, he burned the house down, and I hit the road. The first guy who picked me up asked me if I wanted to be a star. After what I'd been through, how could I refuse?
Hentoff: And thats how you became a rock n' roll singer?
Dylan: No, thats how I got tuberculosis.
Dylan: No, thats how I got tuberculosis.
En lo visual, las influencias tienen mucho de Fellini —8 ½—, algo del cinéma vérité y no poco del documental de D.A. Pennebaker (Don't look back). Vista a la distancia (su premiere fue hace más de dos meses), tengo la impresión de que I'm not there es un mero juego de Memoria para los obsesos de Dylan que se la pasarán bomba diciendo: "¡¡Ése es Fulano... y aquél es Zutano!!" porque más allá de eso la trama salta en direcciones arbitrarias —que tal vez satisfagan a los amantes del cine duro de tragar—, en apuntes humorísticos bien logrados —The Beatles como ardillas dopadas y excitadas— y en escenas dramáticas construidas con concreto armado (el papel de Suze-Sara le queda muy grande a Charlotte Gainsbourg).
I'm not there es un vehículo promocional más para una figura enigmática. Puesto a elegir, me quedo con algunos libros y documentales sobre Zimmy... y, por supuesto, con la memoria de dos noches ante él.
13 de noviembre de 2007
There´s a place... ¿y cómo es el tuyo?
The Beatles fueron de los primeros en asegurar aquello de "There's a place where I can go when I feel low, when I feel blue... and it's my mind". Años después, Paul Weller cantaba en "Uh Huh Oh Yeh": And in my mind I saw the place, as each memory returned to trace dear reminders of who I am, the very roots upon which I stand...".
Esto viene a cuento por una invitación de G., quien ha propuesto un desafiante juego: ¿Cómo sería tu mente si fuera una morada?
Aquí, mi respuesta:
Los muros son unos blancos y otros de ladrillo antiguo; grandes ventanales, piso de duela (con tapetes mullidos en zonas estratégicas), muebles de madera, sillones cómodos, mesas para la lectura bien iluminadas… todo rodeado con un jardín pequeño pero con flora abundante.
Muchas paredes son prácticamente invisibles porque están tapizadas con libros y discos. En materia bibliográfica, las secciones son de música (biografías, ensayos, enciclopedias, antologías de reportajes y una amplia hemeroteca con colecciones bien surtidas de Mojo, Q —no la actual, sino la de hace 10 años—, Melody Maker, New Musical Express, Musician, Option, Jazziz, Downbeat y un infinito etcétera), ensayo, artes plásticas, poesía y narrativa. También hay una sala con suplementos y revistas literarias.
Doquiera hay cuadernos y hojas para escribir, dibujar y pintar, así como materiales de todo tipo (crayones, lápices, pinturas). No falta la máquina de escribir portátil Brother, donde pergeñé tantos textos.
Los discos están ordenados por géneros y todo mantiene orden alfabético. Habrá LPs y CDs de rock, jazz, música clásica y nostalgia; es decir, aquello que sonaba en la radio de AM cuando era pequeño y que escapa a las categorías. Nada de descargas, por favor. Toda la música tiene allí un estuche que posee un valor bien correspondido con el sonido.
La asimilación de lecturas y música es allí tan honda que hay oportunidad de charlar con autores, personajes, compositores… abundan más, de mi parte, las invitaciones a desayunar que a cenar.
Los recuerdos están albergados en habitaciones interconectadas. En ellas el orden es imposible e improbable, pero resulta sencillo localizar voces, imágenes, así como fotografías, objetos, juguetes, películas y demás artefactos que justifican el afán fetichista. No faltan los pañuelos Kleenex. Hay límites: no tengo allí una réplica de la recámara que tuve a los doce años… se trata de asomarse a los recuerdos, no de vivir en ellos. Hay, por supuesto, habitaciones con acceso restringido y en el que yace el origen de las experiencias que dejan lecciones: fracasos, dolores, decisiones equivocadas…
Las ventanas y puertas dan a distintas estaciones del año y horas del día: en unas hay un permanente amanecer, en otras es siempre otoño, en aquéllas hay lluvia matutina, en otras un chipi-chipi de viernes por la tarde.
Hay una amplia área para beber café o un vino tinto, con reminiscencias a espacios entrañables (el cafecito cercano a Intoxica —una discotienda en Londres especializada en LPs—, un café en Coatepec, el Barracuda cuando tenía rocola con álbumes de The Style Council y Morrissey)... y no faltan los reductos imaginados o vistos en una página, en una película...
Existen espacios, desde luego, para transitar más allá de la morada: calles, parques y paisajes donde me he sentido pleno.
Es, quiero creer, una zona regida por la paz (lo que no excluye la música de John Zorn ni alguno que otro alucine, producido por sonidos, lecturas o por la experiencia amorosa).
***
Si has llegado acá, te invito a que cuentes cómo sería (o es) tu mente.
Esto viene a cuento por una invitación de G., quien ha propuesto un desafiante juego: ¿Cómo sería tu mente si fuera una morada?
Aquí, mi respuesta:
Los muros son unos blancos y otros de ladrillo antiguo; grandes ventanales, piso de duela (con tapetes mullidos en zonas estratégicas), muebles de madera, sillones cómodos, mesas para la lectura bien iluminadas… todo rodeado con un jardín pequeño pero con flora abundante.
Muchas paredes son prácticamente invisibles porque están tapizadas con libros y discos. En materia bibliográfica, las secciones son de música (biografías, ensayos, enciclopedias, antologías de reportajes y una amplia hemeroteca con colecciones bien surtidas de Mojo, Q —no la actual, sino la de hace 10 años—, Melody Maker, New Musical Express, Musician, Option, Jazziz, Downbeat y un infinito etcétera), ensayo, artes plásticas, poesía y narrativa. También hay una sala con suplementos y revistas literarias.
Doquiera hay cuadernos y hojas para escribir, dibujar y pintar, así como materiales de todo tipo (crayones, lápices, pinturas). No falta la máquina de escribir portátil Brother, donde pergeñé tantos textos.
Los discos están ordenados por géneros y todo mantiene orden alfabético. Habrá LPs y CDs de rock, jazz, música clásica y nostalgia; es decir, aquello que sonaba en la radio de AM cuando era pequeño y que escapa a las categorías. Nada de descargas, por favor. Toda la música tiene allí un estuche que posee un valor bien correspondido con el sonido.
La asimilación de lecturas y música es allí tan honda que hay oportunidad de charlar con autores, personajes, compositores… abundan más, de mi parte, las invitaciones a desayunar que a cenar.
Los recuerdos están albergados en habitaciones interconectadas. En ellas el orden es imposible e improbable, pero resulta sencillo localizar voces, imágenes, así como fotografías, objetos, juguetes, películas y demás artefactos que justifican el afán fetichista. No faltan los pañuelos Kleenex. Hay límites: no tengo allí una réplica de la recámara que tuve a los doce años… se trata de asomarse a los recuerdos, no de vivir en ellos. Hay, por supuesto, habitaciones con acceso restringido y en el que yace el origen de las experiencias que dejan lecciones: fracasos, dolores, decisiones equivocadas…
Las ventanas y puertas dan a distintas estaciones del año y horas del día: en unas hay un permanente amanecer, en otras es siempre otoño, en aquéllas hay lluvia matutina, en otras un chipi-chipi de viernes por la tarde.
Hay una amplia área para beber café o un vino tinto, con reminiscencias a espacios entrañables (el cafecito cercano a Intoxica —una discotienda en Londres especializada en LPs—, un café en Coatepec, el Barracuda cuando tenía rocola con álbumes de The Style Council y Morrissey)... y no faltan los reductos imaginados o vistos en una página, en una película...
Existen espacios, desde luego, para transitar más allá de la morada: calles, parques y paisajes donde me he sentido pleno.
Es, quiero creer, una zona regida por la paz (lo que no excluye la música de John Zorn ni alguno que otro alucine, producido por sonidos, lecturas o por la experiencia amorosa).
***
Si has llegado acá, te invito a que cuentes cómo sería (o es) tu mente.
23 de octubre de 2007
You are on the top
Haciendo limpieza en "mis favoritos" en la pc de la oficina, reencontré una curiosidad. ¿Sabes quién estaba en el número uno de popularidad-ventas cuando decidiste hacerte de nombre y apellidos? Si quieres saber cuál estrella hay que adicionar en tu carta astral, dale click aquí mero.
Resulta que cuando yo aparecí ene scena, en Reino Unido sonaba "Telstar" con The Tornados, producido por Joe Meek. Y en Estados Unidos, "He's a rebel", con The Crystals, producida por Phil Spector. Genios ambos, ¿será una señal?
Habría que incluir las canciones que halles en tu próxima fiesta de cumpleaños.
¿Y qué sonaba cuando te dieron la primera nalgada?
Resulta que cuando yo aparecí ene scena, en Reino Unido sonaba "Telstar" con The Tornados, producido por Joe Meek. Y en Estados Unidos, "He's a rebel", con The Crystals, producida por Phil Spector. Genios ambos, ¿será una señal?
Habría que incluir las canciones que halles en tu próxima fiesta de cumpleaños.
¿Y qué sonaba cuando te dieron la primera nalgada?
17 de octubre de 2007
La frase de hoy
"Escuchar a Captain Beefheart es descubrir a alguien que está reinventando el lenguaje del rock. Con guitarra eléctrica, bajo y batería hace una música poética. Se puede analizar una canción de The Beatles y ver cómo se pasa de un acorde a otro. Está muy bien hecha, como una mesa preciosa. Con Beefheart, no sabes dónde están las patas de la mesa, si la miras al derecho o al revés".
—Hector Zazou
21 de septiembre de 2007
Valéry y el scat
17 de septiembre de 2007
So lonely
No siento aún impulsos por ver a The Police a un precio similar en proporción al que pagaron algunos por verlos hace muchos años en el Hotel de México ($1,100.oo... que, devaluaciones, inflación y resta de ceros por medio, son algo así como once centavos de hoy).
Sting me parece un pavorreal sin plumas y me da un poco de tristeza imaginar a Andy Summers deletreando esas canciones que seguramente desde siempre le han parecido de kinder. Recuerdo con aprecio los arreos del guitarrista para evitar cualquier guiño a The Police en un concierto que dio en octubre de 2002 en el Teatro de la Ciudad. Nomás para calmar a uno que otro obseso con "Roxanne", en el encore entregó una versión instrumental de "Message in a bottle", dejando que los de las butacas se encargaran de versos y coritos.
En cambio, Sting cada vez me inspira mayor laxitud. La última vez que lo vi en el Palacio de los Deportes se dedicó, sin pudor, a pulir baladas que a Raúl DiBlasio le deben parecer preciosas. Su "Roxanne" fue penosísima, alargando innecesariamente la parte en que los espectadores le hacen segunda. Los ocho minutos que duró esa tortura confirmaron que el magnetismo del otrora profesor de futbol se acabó, que mejor se dedique a promover el sexo tántrico en el Amazonas.
De Stewart Copeland no puedo decir mucho. La única vez que lo tuve frente a mí no traía baquetas y sí una amable disposición para platicar de The Police. Acá puedes ver lo que contó.
Sting dijo alguna vez que la idea de reunirse con sus ex compañeros era tan atractiva como la que puede tener un divorciado por volver con la ex cuando en la memoria sólo quedan pleitos interminables. ¿A quién entonces se le antoja ver a ese matrimonio recompuesto que se la pasa diciendo "De do do do, de da da da"?
Sting me parece un pavorreal sin plumas y me da un poco de tristeza imaginar a Andy Summers deletreando esas canciones que seguramente desde siempre le han parecido de kinder. Recuerdo con aprecio los arreos del guitarrista para evitar cualquier guiño a The Police en un concierto que dio en octubre de 2002 en el Teatro de la Ciudad. Nomás para calmar a uno que otro obseso con "Roxanne", en el encore entregó una versión instrumental de "Message in a bottle", dejando que los de las butacas se encargaran de versos y coritos.
En cambio, Sting cada vez me inspira mayor laxitud. La última vez que lo vi en el Palacio de los Deportes se dedicó, sin pudor, a pulir baladas que a Raúl DiBlasio le deben parecer preciosas. Su "Roxanne" fue penosísima, alargando innecesariamente la parte en que los espectadores le hacen segunda. Los ocho minutos que duró esa tortura confirmaron que el magnetismo del otrora profesor de futbol se acabó, que mejor se dedique a promover el sexo tántrico en el Amazonas.
De Stewart Copeland no puedo decir mucho. La única vez que lo tuve frente a mí no traía baquetas y sí una amable disposición para platicar de The Police. Acá puedes ver lo que contó.
Sting dijo alguna vez que la idea de reunirse con sus ex compañeros era tan atractiva como la que puede tener un divorciado por volver con la ex cuando en la memoria sólo quedan pleitos interminables. ¿A quién entonces se le antoja ver a ese matrimonio recompuesto que se la pasa diciendo "De do do do, de da da da"?
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