Suena acá A boot & a shoe y acabo de enterarme que Sam Phillips tendrá algo nuevo que contar a partir de junio:
Ya no está con ella T-Bone Burnett (ex cónyuge y ex productor), mas parece que Phillips ha aprendido a nadar sola y debuta en la consola. Nonesuch, el sello que tiene sus obras más recientes, no ha dicho ni pío, así que habrá que buscarlo bajo las piedras.
miércoles, abril 16, 2008
Éste sí merece afán fetichista (¿habrá edición en LP?)
martes, marzo 11, 2008
Todos (ejem) somos Zimmy
Ah get born, keep warm
short pants, romance, learn to dance
get dressed, get blessed
try to be a success
please her, please him, buy gifts
don't steal, don't lift
twenty years of schoolin'
and they put you on the day shift…
Y salgas a la noche preguntándote si no ha sido todo una vacilada para que Dylan, inaprensible, fugitivo, resulte aún más complejo de asir.
A la manera de Chronicles, el primer tomo autobiográfico de Dylan, la película de Todd Haynes está armada con una serie de postales cuyas palabras ayudan, a veces, a entender el contexto de la imagen, y en otras sólo conectan con quien conozca generalidades biográficas de Dylan. ¿Detalles? No hay tantos en el filme. De hecho, abundan las escenas que tienen plena correspondencia con la mitología, mas no con los hechos. Por ejemplo, un Pete Seeger de mentiritas, enfurecido por la irreverencia eléctrica y el alto volumen con que Jude Story y sus muchachos desmelenan a los asistentes a un festival folk (Newport 1965), coge un hacha para cortar el cable de la energía y Grossman —el manager que con turbios negocios se benefició en los años sesenta con el 50% de los derechos que las canciones de su protegido producían— se le va encima para impedírselo. Hay gente y periodistas que juran haber visto ese incidente, pero ha sido el mismo Seeger quien les ha puesto un mentís en diversas entrevistas y jura y perjura que no tomó ningún instrumento para poner el orden, aunque él señala que ni su esposa le cree.
Las fuentes de Haynes son, en apariencia, sencillas de hallar. Hay referencias a los documentales Don’t look back y Eat the document, al ya referido Chronicles —donde por allí afirma su autor que Denzel Washington podría interpretar a Woody Guthrie en la pantalla grande— , a Dylan, de Howard Sounes —disponible en español como Dylan, la biografía (Reservoir Books, Random House Mondadori)—, el extenso volumen de entrevistas editado por Rolling Stone, The Essential Interviews, de donde se extrajeron no pocas ideas (un largo recitativo del Woody Guthrie de once años tiene su origen en la charla que Nat Hentoff, de Playboy, sosutuvo con el compositor:
Dylan: No, thats how I got tuberculosis.
miércoles, diciembre 05, 2007
Requiescat por el Salón Corona
Cada visita al centro histórico es motivo para una nueva desazón. Una amiga me acusó hace muchos años de tener el "síndrome de José Emilio Pacheco" porque, de paseo en avenida Juárez, lamenté la desaparición de aquellos negocios y escenarios que eran —creía yo— patrimonio ajeno a las dudas y a la especulación inmobiliaria. Cierto es que muchas calles tenían aspecto ruinoso pero para quien, como yo, las había recorrido infinidad de veces, aquellas vistas se habían convertido en algo tan entrañable como los zapatos viejos con los que no se asiste a una cena formal, pero sí son válidos y valiosos para andar por esos caminos que han sido escenografía de la propia historia.
El pasado fin de semana mis pasos me llevaron de nuevo allá y encontré nuevos horrores. El mayor: El Salón Corona dejó de ser ese espacio donde le invité, de manera anónima, una cerveza al maestro Francisco Cervantes hace unos once años. Ya no está allí —desde hace mucho— Benito, el mesero ejemplar y diligente, mas tampoco vi a otro que por su aspecto físico y bonhomía algún compañero de tertulia literaria bautizó como "El Mario Bros". Se acabó el aspecto no sucio, pero sí descuidado del local y que invitaba a muchos turistas a asomarse apenas diez segundos para salir en busca de algo más nice (como La Ópera). El mobiliario obedece ahora a las leyes de la ergonomía, cuelgan de sus paredes obras de un novel pintor y la televisión fue colocada en el muro falso que está a la entrada. Los que se pregunten de qué va la legendaria foto donde se ve a una clientela apasionada por el fut —me excluyo, desde luego—, lamentando un penalty fallado por el ratón verde en turno con una serie de gestos teatrales de verdad antológicos, no podrán entender que antes, donde ahora hay un óleo que no le da ni tantita vida a la pared, había una televisión que en contadas ocasiones —casi siempre relacionadas con un balón y patadas— fue atendida porque lo que importaba y se imponía era la charla, la sabrosa chorcha condimentada con tarros de oscura, de clara, de esas rajitas en vinagre, de los tacos de mole verde, de pavo... reinaba el diálogo, ése que permití forjar proyectos y sueños que en la esquina de Bolívar y Madero se esfumaban.
Ignoro si los dueños del Salón Corona son los mismos que lo administraban en 1990 y han aceptado hablar el lenguaje de sus novísimos vecinos, o si una reciente regencia ha impulsado las modificaciones que deben tener, desde luego, empatía con los antros más noveles y con el renovado ambiente que se respira en esas calles que hoy se visten con edificaciones levantadas en menos de veinte meses. Pero la puntilla fue descubrir que, dadas las aglomeraciones en el Salón Corona, ahora tiene una sucursal en la calle de Filomeno Mata, muy cerca de donde estaba La Antigua Antequera (un afamado y minúsculo restaurante especializado en sabores oaxaqueños). Creí que el el nombre del sitio era un abierto plagio, pero la presencia de la fotografía antes referida confirmó la tragedia: ese espacio con ascéptico aspecto de paletería es el nuevo Salón Corona. Atendido en su planta baja por dos individuos que, creyendo que están en el mercado de Coyoacán, lanzan invitaciones estentóreas a quienes circulan por allí.
El centro histórico hoy es destino de extranjeros. Quién sabe cuál sea la opinión de ellos sobre una zona donde están instalados el loft, la vieja tienda de perfumes, el 7 eleven, el antro de moda y la vecindad casi ruinosa. La presencia de mixup, el globo, maringo y otras marcas le da apariencia de una ciudad instantánea que aún no termina de asentarse. El tiempo ha borrado las huellas que uno dejó en esa zona urbana. Aceras, edificios, portones, anuncios... todo ha desaparecido. El actual centro histórico está erigido sobre el arrasamiento del pasado. A la horda de extranjeros que allí deambulan, ajenos en espíritu a ese espacio, ahora me sumo.
martes, noviembre 13, 2007
There´s a place... ¿y cómo es el tuyo?
The Beatles fueron de los primeros en asegurar aquello de "There's a place where I can go when I feel low, when I feel blue... and it's my mind". Años después, Paul Weller cantaba en "Uh Huh Oh Yeh": And in my mind I saw the place, as each memory returned to trace dear reminders of who I am, the very roots upon which I stand...".
Esto viene a cuento por una invitación de G., quien ha propuesto un desafiante juego: ¿Cómo sería tu mente si fuera una morada?
Aquí, mi respuesta:
Los muros son unos blancos y otros de ladrillo antiguo; grandes ventanales, piso de duela (con tapetes mullidos en zonas estratégicas), muebles de madera, sillones cómodos, mesas para la lectura bien iluminadas… todo rodeado con un jardín pequeño pero con flora abundante.
Muchas paredes son prácticamente invisibles porque están tapizadas con libros y discos. En materia bibliográfica, las secciones son de música (biografías, ensayos, enciclopedias, antologías de reportajes y una amplia hemeroteca con colecciones bien surtidas de Mojo, Q —no la actual, sino la de hace 10 años—, Melody Maker, New Musical Express, Musician, Option, Jazziz, Downbeat y un infinito etcétera), ensayo, artes plásticas, poesía y narrativa. También hay una sala con suplementos y revistas literarias.
Doquiera hay cuadernos y hojas para escribir, dibujar y pintar, así como materiales de todo tipo (crayones, lápices, pinturas). No falta la máquina de escribir portátil Brother, donde pergeñé tantos textos.
Los discos están ordenados por géneros y todo mantiene orden alfabético. Habrá LPs y CDs de rock, jazz, música clásica y nostalgia; es decir, aquello que sonaba en la radio de AM cuando era pequeño y que escapa a las categorías. Nada de descargas, por favor. Toda la música tiene allí un estuche que posee un valor bien correspondido con el sonido.
La asimilación de lecturas y música es allí tan honda que hay oportunidad de charlar con autores, personajes, compositores… abundan más, de mi parte, las invitaciones a desayunar que a cenar.
Los recuerdos están albergados en habitaciones interconectadas. En ellas el orden es imposible e improbable, pero resulta sencillo localizar voces, imágenes, así como fotografías, objetos, juguetes, películas y demás artefactos que justifican el afán fetichista. No faltan los pañuelos Kleenex. Hay límites: no tengo allí una réplica de la recámara que tuve a los doce años… se trata de asomarse a los recuerdos, no de vivir en ellos. Hay, por supuesto, habitaciones con acceso restringido y en el que yace el origen de las experiencias que dejan lecciones: fracasos, dolores, decisiones equivocadas…
Las ventanas y puertas dan a distintas estaciones del año y horas del día: en unas hay un permanente amanecer, en otras es siempre otoño, en aquéllas hay lluvia matutina, en otras un chipi-chipi de viernes por la tarde.
Hay una amplia área para beber café o un vino tinto, con reminiscencias a espacios entrañables (el cafecito cercano a Intoxica —una discotienda en Londres especializada en LPs—, un café en Coatepec, el Barracuda cuando tenía rocola con álbumes de The Style Council y Morrissey)... y no faltan los reductos imaginados o vistos en una página, en una película...
Existen espacios, desde luego, para transitar más allá de la morada: calles, parques y paisajes donde me he sentido pleno.
Es, quiero creer, una zona regida por la paz (lo que no excluye la música de John Zorn ni alguno que otro alucine, producido por sonidos, lecturas o por la experiencia amorosa).
***
Si has llegado acá, te invito a que cuentes cómo sería (o es) tu mente.
martes, octubre 23, 2007
You are on the top
Haciendo limpieza en "mis favoritos" en la pc de la oficina, reencontré una curiosidad. ¿Sabes quién estaba en el número uno de popularidad-ventas cuando decidiste hacerte de nombre y apellidos? Si quieres saber cuál estrella hay que adicionar en tu carta astral, dale click aquí mero.
Resulta que cuando yo aparecí ene scena, en Reino Unido sonaba "Telstar" con The Tornados, producido por Joe Meek. Y en Estados Unidos, "He's a rebel", con The Crystals, producida por Phil Spector. Genios ambos, ¿será una señal?
Habría que incluir las canciones que halles en tu próxima fiesta de cumpleaños.
¿Y qué sonaba cuando te dieron la primera nalgada?
miércoles, octubre 17, 2007
La frase de hoy
"Escuchar a Captain Beefheart es descubrir a alguien que está reinventando el lenguaje del rock. Con guitarra eléctrica, bajo y batería hace una música poética. Se puede analizar una canción de The Beatles y ver cómo se pasa de un acorde a otro. Está muy bien hecha, como una mesa preciosa. Con Beefheart, no sabes dónde están las patas de la mesa, si la miras al derecho o al revés".
viernes, octubre 12, 2007
Gracias, don Harold
Parece que Harold Bloom es un tipo que divide opiniones. Muchos aseguran que El canon occidental es uno de esos bienes que —como la Biblia y el papel sanitario— no debe faltar en ningún hogar, mientras que otros lo tachan de categórico y sienten que el célebre profesor se cree propietario de la verdad (consecuencia de dar clase durante tantos años a una caterva de tímidos que nunca le ha refutado algo).
El caso es que tras haber fracasado, hace cuatro años, en la lectura de Relatos y poemas para niños extremadamente inteligentes de todas las edades (saque su conclusión quien esto lee), me estoy adentrando en Cómo leer y por qué. No comparto todos sus entusiasmos; por ejemplo, ama a Tuguéniev y a Chéjov... y yo con los rusos no puedo. Me abruman sus impronunciables nombres y ese afán por dar un extensa biografía hasta del sirviente que abre la puerta. o que si alguien, en mala hora, cruza el Volga, el autor haga un alto para hablarnos durante siete páginas de la grandeza de ese río que serpentea por tantos territorios, superando con su presencia a todo lo que el ser humano ha hecho desde el inicio de los tiempos... uffff. No soy el único con semejante problema; Jorge Ibargüengoitia también reconoció su incompetencia ante Tolstoi y compañía, igual que Juan Pablo Castel, "el pintor que mató a María Iribarne", en El túnel*, de Ernesto Sábato.
También choco con Bloom cuando, a la menor provocación, descubre su ayate para presumir la efigie de Shakespeare. Y es que leer teatro, a menos que se trate de un monólogo, se me hace cuesta arriba. Me enredo con los personajes, olvido que Fulanito dijo una frase clave tres actos atrás en una furtiva aparición y tampoco, ay, consigue darle una fisonomía particular a cada persona que aparece en las tres primeras páginas de, digamos, El mercader de Venecia. Pregunto: ¿Puedo confiar en Kenneth Branag o en Lawrence Olivier', ¿o acaso tendré que esperar a formar un grupo de teatro en atril para entrarle al bardo británico?
En medio de tanta visicitud, he encontrado una maravilla en el libro mencionado. Muy al principio, Bloom suelta frases de famosos con las que luego elabora una prenda supuestamente propia. Más allá de la validez de tal recurso, lo que le da valía al tomo es esta frase de Emerson:
"Los mejores libros nos llenan de la convicción de que la
naturaleza que les escribió es la misma que los lee".
Con 21 palabras, el ensayista estadounidense —de quien Bloom, quizá por entusiasmo, olvida proporcionar el resto de su nombre— consigue descifrar el secreto de la empatía bibliográfica (¿y por qué no llevar esta severación hasta la melomanía?). Así, cuando leo a ___________ (pon aquí a tu autor predilecto), una parte mía —acaso mi naturaleza más ajena a los sinsabores del día y a mi propia historia— es la misma que invadió durante unos segundos a ese autor.
Ufff, esto destapa y explica tantas cosas.
______
*Novelita que leí a los once años y que me dio dos lecciones nefastas: "Hasta en el corazón de la mujer más frágil hay una bestia agazapada" y "Una mujer que ha engañado a su padre, puede engañar a cualquier hombre".
