martes, julio 28, 2009

Para Isabel Fraire

Para justificar mi presencia en esta mesa es necesario remontarme 22 años atrás. Participaba yo en un taller de literatura en el Museo del Chopo y una tarea que me impuse era la de acudir a las librerías del centro para desasnarme hasta donde fuera posible. En Librería Madero, un local entonces oscuro y un tanto descuidado, hallé un libro editado por Joaquín Mortiz, de sobria portada con un color verde grisáceo. Poemas en el regazo de la muerte. Lo abrí y las primeras líneas que enfrenté fueron las de “Poema de amor”.

En el cuarto de hospital
toda la noche
la mujer gritando

Juan
Juan
en dónde estás
no me puedo mover
no puedo mover mi pierna
ni mis brazos
Juan
no sé cómo llegar a donde estás
no puedo salir de aquí
Juan
estoy desesperada
no me puedo mover
Juan


Allí estaba, ante mí, una definición tierna, dolorosa, desesperada, suplicante y distinta; que, nacida entre los pasillos de un hospital, sólo pudo ser traslada al papel por una sensibilidad alerta, incluso en ese espacio donde —es fácil suponer— el afán poético se repliega ante el malestar. Y, sin embargo, esta poeta, de quien el volumen no ofrecía datos biográficos, había extraído del pesar una luz amorosa trágica y poderosa. El “Poema de amor” de Isabel Fraire dejaba en vilo al lector y sin imaginar a donde me iba a conducir esa experiencia, adquirí el libro.

Con los años y hurgando ante todo en librerías de viejo, llegaron otros volúmenes y hallazgos que aún hoy mantienen el halo de sorpresa y revelación. Pero encontrar los títulos firmados por Isabel Fraire no ha sido sencillo. Como ocurre con los autores de culto —y lo digo, en la antigua acepción, cuando un creador era seguido por una vasta minoría que apenas conseguía agotar un tiraje de mil ejemplares—, sus obras no suelen arribar al mercado de segunda mano y su adquisición está sujeta, por lo tanto, a vaivenes insospechados. Además en aquellos años, a la mínima presencia de su obra contribuía un hecho adicional: Isabel no vivía en México. Es decir, su nombre no figuraba debidamente en la escena literaria ni su presencia era regular en la prensa cultural.

Por supuesto —me advertiría Isabel— las cosas no fueron así. Su tránsito por otras naciones no la apartó de la escritura. En Londres, por ejemplo, se sumergió en la elaboración de una antología de Pensadores norteamericanos del siglo 19 (Siglo XXI Editores), traducida por ella, y a pesar de la distancia siguió proveyendo con cuentos, ensayos y poemas a diversas publicaciones mexicanas.

Volviendo a ese primer encuentro, Poemas en el regazo de la muerte es un libro que provoca avidez. Su atmósfera de un mundo simultáneamente renovado y melancólico aviva una especie de serena nostalgia que sólo puede equipararse con la que ciertos temas de The Beatles provocan: la añoranza por lugares que no hemos conocido, pero sí soñado. El acento coloquial del libro, donde la ironía y el azoro ofrecen una inédita versión de la realidad, me llevan a imaginar a Isabel como integrante del Grupo Poético de Liverpool, y la veo junto a Brian Patten, Adrian Henry y Roger McGough, poetas quienes con la música pop y el jazz aprendieron a rimar con flexibilidad, a jugar con la concisión y encontraron epifanías en los actos cotidianos.

Puente colgante (editado por la UAM en 1997) y Kaleidoscopio insomne (del FCE, de 2004), que reúnen sus poemarios, le dan forma a un corpus antes disperso y permiten advertir los diversos tonos de una obra compacta e íntima que sigue siendo asunto —diría Fraire— “de lectores necios”. En consonancia con Poemas en el regazo de la muerte están Irse para volver y Atando cabos; en estos tres poemarios el acento es el de una cómplice que, sin ceremonias bañadas en almidón, envía postales en las que descifra al mundo. A veces con una sonrisa pícara, a veces con el aliento amargo de la pesadilla, Fraire escribe de aquello que le conmueve, asombra o irrita: el amor, la calle y la ciudad, el arte, la política y la familia. Y lo hace con el don del artista que en unos segundos traza, con la guía del pulso, un círculo perfecto. Mas no se dejen engañar: la sencillez de sus poemas es aparente. Cada uno es fruto de la depuración y de la exigencia.

Del otro lado, los libros Sólo esta luz y Encuentros casuales, largamente meditadas rendiciones, volumen que circuló primero en inglés, parecen nacidos en un estado de vigilia hermanado con el que empujó a Xavier Villaurrutia y José Gorostiza a dar paseos donde la angustia, la sombra y la soledad abrían y clausuraban el camino a medida que era explorado. Isabel Fraire se adentra —sin titubeos— en el tiempo, la luz y la mirada, y de tal experiencia emerge no con respuestas, sino con enigmas que nos recuerdan cuán necesario es asomarnos a los intersticios que hay entre las palabras.

Un abuelo de Isabel Fraire, contagiado por la fiebre de oro, fue gambusino en el Río Klondike, en Alaska. Quiero imaginar que su frenesí y empeño lo llevaron a descubrir fulgores en una tierra ignota con la misma pasión que su nieta, gambusina de libros y revistas, halló joyas en otra lengua y decidió compartirlas en dos libros que merecen la reedición: Seis poetas de lengua inglesa (Sep Setentas, 1976) y Caja de Pandora (Liberta Sumaria, 1982). Aplaudo la sinceridad de la antologadora y traductora por no vestir a estas antologías con crinolinas académicas y sí, en cambio, por ofrecer al lector un acercamiento cálido e inteligente hacia obras y autores que aún estamos descubriendo. Isabel Fraire, con su amor a la poesía ha iluminado vastas zonas, difundiendo en nuestro idioma a Lew Welch, William Carlos Williams, Ezra Pound, Quincy Troupe, T.S. Eliot y Lawrence Ferlinghetti, entre otros.

Como lector, confieso que es impagable mi deuda contraída con ella. En el prefacio de Seis poetas de lengua inglesa, la autora afirma que la poesía es, en esencia, revolucionaria “porque subvertir el statu quo mental es liberar al hombre de cadenas invisibles (…) y estas cadenas son, precisamente, las que hacen funcionar a todas demás (económicas, políticas, psíquicas, morales)”. Desde hace más de medio siglo, Isabel Fraire comenzó a subvertir espíritus y ofrecer otro modo de acercarse a la realidad.

Es cierto que la poesía tiene hoy una presencia reducida en las mesas de novedades; cierto es, también, que la usura rige a gran parte del mercado bibliográfico, y que en los periódicos tanto las secciones culturales como los suplementos son especies en extinción. Pero en oposición a ese panorama también es válido y necesario recordar que es cierta la existencia de Puente colgante y Kaleidoscopio insomne, obras signadas por la claridad e investidas por una fina y honda capacidad de observación. Y en particular, tenemos la certeza y el privilegio de poder decir: somos contemporáneos de Isabel Fraire, de su palabra cardinal.

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Palabras leídas por el autor de este blog el 26 de julio en el homenaje que el Conaculta e INBA dedicaron a la poeta, ensayista y traductora Isabel Fraire en la Sala Manuel M. Ponce del Palacio de Bellas Artes. Lo singular es que ninguno de los organizadores le preguntó a Fraire su fecha de nacimiento... y no es en julio, sino el 8 de diciembre. La confusión nació de que varios diccionarios y enciclopedias tomaron a pie juntillas el prólogo de Poesía en movimiento, donde Octavio Paz señala que por su obra, el carácter de Fraire corresponde al signo de Leo.

lunes, julio 20, 2009

Éxitos lunáticos

Desde tiempos inmemoriales, trovadores, poetas, juglares y músicos de todo género le han adjudicado a la luna virtudes que cualquier astrónomo descalificaría con una sonrisa desdeñosa. Sin embargo, como más se aprende por el oído que a través de los libros de ciencia, la música ha encontrado en nuestro satélite un pretexto magnífico para ponderarlo como faro nocturno atento a la gloria del amor, al despecho y a la soledad.

Arduo y más allá de los límites de este humilde blog sería lanzarse a la elaboración de una antología de canciones que tengan en la luna su central protagonista. Por ello, prefiero ceñir el territorio a la lista del Top 40 de la revista Billboard durante los últimos 50 años,* explorando exclusivamente las grabaciones que en Estados Unidos tuvieron relevancia y que, aun de rebote, han llegado hasta acá. La relación no es, con todo, absoluta, pero sí deja constancia de que si no es de queso, la luna sigue siendo para muchos un territorio donde, tal vez para vencer la ausencia de fuerza de gravedad, el suelo está inundado de miel.

Mas antes de comenzar con el desfile cronológico, hay que consignar tres grabaciones del asunto que hoy se celebra mundialmente. La más recomendable es Apollo 11 Moon Landing (1969 BBC Television Coverage) (Pearl Flapper, 1994), álbum que contiene la crónica de esos días en voz de sus protagonistas: desde el discurso de John F. Kennedy el 16 de julio hasta el aterrizaje sin contratiempos el 24 de ese mes. Si se tiene edad suficiente para recordar esa fecha, las voces de los tripulantes del Apolo XI estremecen más, la verdad sea dicha, que el álbum con los sonidos del festival de Woodstock. La célebre frase "Este es un salto pequeño para el hombre..." también aparece en la muy indispensable Great Speeches Of The 20th Century (Rhino, Atlantic/WEA, 1991), caja de cuatro discos que contiene voces de Alva Edison, Lindbergh, Nixon y un sinfín de personalidades de esta centuria. Y ya para los coleccionistas de espuma en la boca está First Man on the Moon (MGM, 1969), sencillo de 45 RPM que contiene fragmentos de los reportes recibidos y emitidos desde el Centro Espacial de Houston, así como la ya citada frase del alunizaje, con narración del comentarista televisivo Hugh Downs.

Exploración por el Top 40

En la lista de éxitos la luna no ha sido totalmente llena. Periodos largos han pasado en que no parece haber inspirado a intérpretes ni autores, por lo que este pretendido recuento de 50 años de éxitos propiamente comienza en 1951, cuando el seminal Les Paul, en compañía no más que de su guitarra, de un primitivo pero efectivo sistema de remezcla de grabaciones y de la cantante Mary Ford, llegó al primer lugar con su "How High The Moon", que Gloria Gaynor volvería popular en la segunda mitad de los setenta. La letra, por sí sola, ya pone de manifiesto el uso común de aquel satélite: "En algún lugar hay música/ qué lejos se oye la tonada./ En algún lugar está el paraíso./ Qué alta está la luna./ No hay luna arriba/ cuando el amor está lejos,/ pero se vuelve real/ cuando tú me amas como yo a ti...". Ese mismo año, la muy modosita Debbie Reynolds, en compañía de Carleton Carpenter, exploró otra acepción romántica de la luna —exactamente la primera noche nupcial— con la desenfadada "Aba daba Honeymoon", colmada de frases del tipo "Ab-a dab-a dab-a dab-a dab-a dab-a dab/ dijo el monito al chango/ Bab-a dab-a dab-a dab-a dab-a dab-a dab dijo el simio al chimpancé..." (huelga decir que tanta dab-a dab-a significaba "te quiero"). Confiando en la mala memoria del mercado, Bing y Gary Crosby (padre e hijo) remataron ese año el tema lunar con "Moonlight Bay", que en 1912 había sido un gran éxito para The American Quartet y que en sus voces llegó al decimocuarto sitio. ¿El tema? Un marino navega de noche, escucha a su conciencia que le reclama haber robado el corazón de una chica inocente y se debate entonces entre el marcharse o quedarse a refrendar su amor.

En 1953 la única en alcanzar un sitio entre los primeros 40 fue "No Moon At All", a cargo de The Ames Brothers with Les Brown, que comienza como reporte metereológico en una charla que apenas inicia y se convierte en confesión para pedirle un beso a la persona con quien se hace tertulia. Un vigésimo primer lugar para esta innovación no estuvo mal.

El año siguiente trajo también tres éxitos satelitales: "In the Chapel in the Moonlight", con Kitty Kallen (posición 4), de corte religioso; "The Honeymoon’s Over"con Betty Hutton y Tennessee Ernie Ford (recordado por sus "16 Tons"), quienes llegaron hasta el sitio 16 con un drama sobre el fin del amor y la inminencia del divorcio (sin nunca pronunciar tal palabra), y en el lugar 24 la instrumental "Moonlight and Roses (Bring Memories of You)" con The Three Suns.

En 1956 apareció el primer álbum de Elvis Presley que en el territorio lunar portaba dos temas: "Blue Moon of Kentucky" y "Blue Moon". Sin embargo, ninguno escaló el Top 40 y tuvo que esperar hasta su tercer LP, de ese mismo año, con "When my Blue Moon Turns to Gold Again". La canción, que abordaba el cambio en el color del satélite tan pronto la mujer amada volviera a brazos de El Rey, llegó al sitio 19. El tercer sitio lo tuvo Frankie Laine con "Moonlight Gambler", pieza country sobre un tipo que juega con el amor y pierde y gana sin que su corazón se melle. Y el número dos fue para la azucarada Patti Page con "Allegheny Moon ", que pide a la luna su luz para encontrar el romance con el que vivirá feliz para siempre.

Un tema instrumental, "Sail Along Silvery Moon", a cargo de Billy Vaughn & His Orchestra, llegó al quinto peldaño en 1957, seguido un puesto atrás por Bonnie Guitar y su "Dark Moon", monólogo de un tipo que perdió a su amor y que le pregunta a la luna si ésta apagó su resplandor por tal desdicha. Menos contrito sonó Tony Perkins y su "Moonlight Swim", que atléticamente llegó al lugar 24.1958 le dio oportunidad al crooner Perry Como con su "Moon Talk", que trepó al sitio 28, mientras que el quinto, ese año, le correspondió a Pat Boone con "Sugar Moon", donde el ídolo de matinée le pide al satélite edulcorado que le traiga a su "ángel de luz" con quien el amor florecerá. Una canción no apta para diabéticos.

Dos años se mantuvo oculta la luna y fue hasta 1961 que reemergió curiosamente con voces negras. La primera posición fue para The Marcels con "Blue Moon" (tema ya aplaudido con anterioridad), donde el abandonado lamenta su condición. El tercer puesto en ese año lo tuvieron The Capris con "There’s A Moon Out Tonight", que volvía al tema del corazón robado a una chica a manos de un bandido romántico, mientras que Jerry Butler se amparaba en "Moon River" (original de Johnny Mercer y Henry Mancini, que en voz de Andy Williams sonó en la versión fílmica de Breakfast in Tiffany’s), que hacía del brillo lunar un puente para cruzar de un mundo sin esperanzas a uno colmado de lujos.

Pese a las loas hacia el programa espacial, la década de los sesenta no fue pródiga en cantos lunares. Fue hasta 1964 que la palabra se hizo popular con "In the Misty Moonlight", interpretada por Jerry Wallace que alcanzó un decimonoveno sitio (mejor que el 46 que la misma pieza logró en voz de Dean Martin en 1967). Lo original de la composición radicó en que el amante, insuflado de temeridad, le dice a su amada que al lado de ella podrá estar en cualquier sitio por agreste que éste sea (aun bajo una luna brumosa).

Al año siguiente, The Bachelors volvían tras la huella de "Chapel in the Moonlight" (colocada en el sitio 32), mientras que el proteico e irónico Jonathan King advertía que "Everyone’s Gone To The Moon". Y por lo menos el mercado se lo creyó tanto como para impulsarlo al puesto 17 de las listas, desde donde cantaba: "Las calles están atiborradas/ todos los caminos antes solitarios están llenos./ Las casa ya no son hogares,/ la iglesia está colmada de gente que canta desentonada./ Todos se están yendo a la luna".

Para 1967, en pleno furor de la beatlemanía, sólo Dean Martin se asomó a los charts (en el sitio 25) con un nuevo cover de "In the Chapel in the Moonlight". Dos años más tarde, y sin la existencia de un sistema de marketing que creara un himno que podría haberse titulado "We are The Moon" en pleno furor por el proyecto Eagle, los muy terrestres y pantanosos Creedence Clearwater Revival conquistaron un segundo sitio con "Bad Moon Rising", aunque inquietaron a más de uno con su visión catastrofista: "Veo el ascenso de una luna maligna,/ veo problemas en el camino./ Veo terremotos y relámpagos./ Contemplo muy mal el presente./ Mejor no salgamos esta noche...". Del otro lado, un tanto adscritos a la utopía hippie, Paul Revere & The Raiders hacían de nuestro planeta un territorio para una fiesta de disfraces donde todo dependía de la luz natural proporcionada por "Mr. Sun Mr. Moon", que llegó al decimoctavo escalafón.

La decadencia del amor lunático

Parece que al momento en que Armstrong colocó su pie en la Luna el mito se acabó. Aquel satélite no tenía vida, no tenía oídos para ser confesor de nadie, no era plateada ni dorada. Podría decirse que para no pocos compositores la ciencia se había impuesto a la contemplación romántica, pues las canciones alusivas comenzaron a decrecer de manera alarmante.

En 1971, el bucólico Cat Stevens ya le hallaba otras virtudes en "Moonshadow" (sitio 30 en el Top 40): "Estoy siendo seguido por una sombra lunar/ (...) Y si pierdo mis ojos/ si mis colores se marchitan/ no tendré que llorar nunca más...".

Un año después, en el puesto 13, King Harvest colocó "Dancing in the Moonlight", que tendía un puente entre un tema digno de Gene Kelly y las nacientes discotecas. Hacia 1976, en pleno ascenso del punk, Starbuck se convertía en "maravilla de un solo éxito" con "Moonlight Feels Right", que aún se escucha en cierta estación radiofónica dedicada a la nostalgia.

A pesar de que en 1979 los desorbitados The B-52’s incluyeron "There’s a Moon in the Sky (It’s Called the Moon)" en su excelso álbum debut, sólo Anne Murray subió a las cimas con "Shadows In the Moonlight", que llegó al lugar 25 y volvió a señalar que la luz era el punto de encuentro ideal para los amantes.

La crisis en el cielo nocturno de los compositores se hizo evidente en los ochenta y la siguiente década. Hacia 1982, Bob Seger & The Silver Bullet Band lograron un segundo puesto con "Shame on the Moon", que señalaba que los hombres —como licántropos— olvidan las promesas de amor al dar la medianoche. En 1984, Dennys DeYoung llegó al décimo lugar con "Desert Moon", que instalaba la agreste topografía en terreno accesible por ferrocarril. Los menos torturados ingleses de Duran Duran alcanzaron el décimo puesto con "New Moon on Monday", que, como curiosidad, presentaba a Simon LeBon balbuceando en español "la luuuna".

La lista y este breve recuento concluyen con un gran salto hasta 1993, cuando R.E.M. pone "Man On The Moon" en la posición 30 de las listas. Sintomáticamente, la letra de la canción parece apuntar a la crisis de credibilidad ante todo lo que ayer enorgullecía a los más jóvenes. La luna no es romántica y, asegura Michel Stipe, ni siquiera ha sido conquistada: "Mott the Hoople y el juego de la vida. Sí, sí.../ Andy Kaufman en un partido de vencidas. Sí, sí.../ Monopolio, veintiuno, fichas y ajedrez. Sí, sí.../ Si crees que de verdad pusieron un hombre en la luna/ entonces nada está bien".

*Esta nota apareció en 1999 en el periódico La Crónica de hoy. Luego fue rescatada por CacaoRock en la red.

martes, junio 30, 2009

JEP, 70 años

Tantos días de festejo institucional sólo han servido para ver qué mal se lee a José Emilio Pacheco. Por fortuna, el mismo poeta se ha empeñado en señalar que no es nostálgico ni apocalíptico.

Muchos lectores tenemos una deuda enorme con JEP, ya que de manera constante nos ha dado innumerables lecciones por medio de poemas, cuentos, novelas, traducciones, sus "Inventarios" en la revista Proceso, su columna "Simpatías y diferencias" en la Revista de la Universidad de México (por allá en los 50), sus conferencias en El Colegio Nacional con las cuales invitaba a indagar sobre los modernistas, Reyes, Gutiérrez Nájera y su compromiso con los suplementos culturales (poca gente recuerda hoy que Las batallas en el desierto apareció en una sola entrega en las 10 primeras páginas del suplemento sábado del unomásuno, con viñetas de Vicente Rojo, pocos meses antes de que Editorial Era lo echara al mercado como libro).

Como le ocurre a los maestros, JEP ha sido imitado por alumnos y admiradores de toda talla, pero a más de cincuenta y tres años de su debut en la revista Estaciones, dirigida por Elías Nandino, es evidente que no hay quien se acerque a su sombra. Ajeno al juego de la autopromoción, atento a la vida, a los libros, extrayendo de ellos savia empática con la suya, JEP cumple hoy 70 años.

Como homenaje mínimo quiero citar uno de los poemas favoritos y contar una anécdota:

"O toi que j'eusse aimée"...

Y ahora una digresión Consideremos
esa variante del amor que nunca
puede llamarse amor

Son aislados instantes sin futuro

En la ciudad donde estaré tres días
nos encontramos
Hablamos cien palabras

Pero un brillo en los ojos un silencio
o el roce de las manos que se despiden
prende la luz de la imaginación

Sin motivo ni causa uno supone
que llegó pronto o tarde
y se duele
["no habernos conocido..."]

E involuntariamente
ocupas tu fiel nicho
en un célibe harén de sombras y humo

Intocable
incorruptible al yugo del amor
viva en lo que llamó De Rougemont
la posesión por pérdida.

****

Hace muchos ayeres, una gentil coordinadora de actividades culturales sen los CCHs me invitó a dar una serie de conferencias desde mi experiencia de periodista cultural; una de ellas estuvo dedicada a La literatura que no se enseña en las escuelas. A más de 200 chavitos les leí los sonetos satíricos de Salvador Novo, crónicas de Carlos Valdés y Tomás Mojarro, cuentos de Amparo Dávila y Jorge Ibargüengoitia, poemas de Isabel Fraire y JEP.

Al final, en la sesión de preguntas, una núbil adolescente de 16 años levantó la mano y me preguntó si llevaba algún poema que hablara "de cuando alguien te gusta y no te animas a decírselo". Después de acallar a los cábulas que soltaron el consabido "uuuuuuhhh", eché mano de "O toi que j'eusse aimée"...

Al final, se acercó a mí la chica con cuaderno y pluma en mano y un sólo propósito: apuntar el título del libro del que había extraído el poema que algo muy personal le dijo.

lunes, junio 29, 2009

Réquiem por un hombre-industria

Suena en este momento "Remember the time", de Michael Jackson, en la mejor versión que conozco: con Lester Bowie's Brass Fantasy, que incluye bestiales solos de Bowie en la trompeta y de Luis Bonilla y Frank Lacy trombones (puedes bajarlo aquí, en Flac o MP3). No hay en casa, de hecho, un solo álbum de MJ como solista. Hay, sí, antologías de Motown donde reluce él con sus hermanos.

Jackson fue uno de esos personajes cuya continua exposición en los medios —centrados en sus filias y fobias, en sus gestos excéntricos, en la pigemntación de su piel, en su vida que de privada no tenía mucho— le restó credibilidad a su quehacer. Su carácter como compositor, intérprete y entertainer quedó sepultado por arrebatos que llegaban —muy cribados— a nosotros luego de transitar por el no menos deformante lente de las agencias de noticias y de los redactores de periódicos o noticiarios.

Para la generación que le tocó ser púber y adolescente en los 80, la noticia del deceso de MJ ha sido tan impactante como lo fue la del nueve de diciembre de 1980 para la mía. Al pasmo de sus fans se añade el hecho de que MJ pensaba regresar a lo suyo, la música, con una extensa serie de conciertos de despedida en Londres y que, de vez en cuando, daba señales de querer limpiar el estercolero amarillista en que se había convertido su imagen pública.

Jackson, igual que Prince, no pudo saltar del peñasco de los 90 al nuevo siglo. Proeza que sí consiguió Madonna. Mas para la historia de las enciclopedias (hoy amenazadas por la aparición de grupos como esporas en la red) quedan sus pasos firmes en muchos terrenos: sin él y sin "Thriller" o "Beat it", la evolución del video-clip habría sido otra; los récords de ventas de sus álbumes grabados en los 80 no sólo importan por sus millones de dólares, sino porque su presencia en millones de hogares representó un reconocimiento contemporáneo a la cultura pop negra regida por el mercado.

MJ, como Elvis Presley, fue un hombre-industria: reformó al mundo del entretenimiento con el apoyo de poderosos artífices (el productor Quincy Jones fue decisivo en Off the Wall). Pero a diferencia de Presley, intentó, en vano, preservar vivo a su niño interno y el rancho Neverland pasó de ser su paraíso a un campo de batalla mermado por la usura informativa.

Con frecuencia, y en tono carente de corrección política, me he preguntado qué hay en la mente de un fan de MJ para seguirlo respetando cuando las muestras de su ego y de comportamiento habían sido tan accidentadas. En lo musical, que es lo que importa, su álbum HIStory fue un pastelazo que acabó en la cara del emisor.

Vendrá un caudal de opiniones y de remembranzas. Es deseable que cuando la blablería (esta nota es un ejemplo) se aplaque, lo que quede a flote sean sus canciones y sus innovaciones. Y que sus tropiezos, a fuerza de ser repetidos y malinterpretados, se conviertan sólo en un anodino anecdotario.

El 9 de diciembre de 1980, en el programa El lado oscuro de la luna, en Radio Educación, Emilio Ebergenyi leyó el guión preparado a toda prisa por Juan Villoro y Claudia Aguirre. Parafraseo mínimamente el final de ese programa, pensando en los fans de MJ:

“Michael Jackson ha muerto. El sueño ha terminado. A sus fans les queda una responsabilidad mayúscula: ahora tendrán que aprender a soñar con sus propios medios”.