Haciendo limpieza en "mis favoritos" en la pc de la oficina, reencontré una curiosidad. ¿Sabes quién estaba en el número uno de popularidad-ventas cuando decidiste hacerte de nombre y apellidos? Si quieres saber cuál estrella hay que adicionar en tu carta astral, dale click aquí mero.
Resulta que cuando yo aparecí ene scena, en Reino Unido sonaba "Telstar" con The Tornados, producido por Joe Meek. Y en Estados Unidos, "He's a rebel", con The Crystals, producida por Phil Spector. Genios ambos, ¿será una señal?
Habría que incluir las canciones que halles en tu próxima fiesta de cumpleaños.
¿Y qué sonaba cuando te dieron la primera nalgada?
martes, octubre 23, 2007
miércoles, octubre 17, 2007
La frase de hoy
"Escuchar a Captain Beefheart es descubrir a alguien que está reinventando el lenguaje del rock. Con guitarra eléctrica, bajo y batería hace una música poética. Se puede analizar una canción de The Beatles y ver cómo se pasa de un acorde a otro. Está muy bien hecha, como una mesa preciosa. Con Beefheart, no sabes dónde están las patas de la mesa, si la miras al derecho o al revés".
—Hector Zazou
Etiquetas:
captain beefheart
viernes, octubre 12, 2007
Gracias, don Harold
Parece que Harold Bloom es un tipo que divide opiniones. Muchos aseguran que El canon occidental es uno de esos bienes que —como la Biblia y el papel sanitario— no debe faltar en ningún hogar, mientras que otros lo tachan de categórico y sienten que el célebre profesor se cree propietario de la verdad (consecuencia de dar clase durante tantos años a una caterva de tímidos que nunca le ha refutado algo).
El caso es que tras haber fracasado, hace cuatro años, en la lectura de Relatos y poemas para niños extremadamente inteligentes de todas las edades (saque su conclusión quien esto lee), me estoy adentrando en Cómo leer y por qué. No comparto todos sus entusiasmos; por ejemplo, ama a Tuguéniev y a Chéjov... y yo con los rusos no puedo. Me abruman sus impronunciables nombres y ese afán por dar un extensa biografía hasta del sirviente que abre la puerta. o que si alguien, en mala hora, cruza el Volga, el autor haga un alto para hablarnos durante siete páginas de la grandeza de ese río que serpentea por tantos territorios, superando con su presencia a todo lo que el ser humano ha hecho desde el inicio de los tiempos... uffff. No soy el único con semejante problema; Jorge Ibargüengoitia también reconoció su incompetencia ante Tolstoi y compañía, igual que Juan Pablo Castel, "el pintor que mató a María Iribarne", en El túnel*, de Ernesto Sábato.
También choco con Bloom cuando, a la menor provocación, descubre su ayate para presumir la efigie de Shakespeare. Y es que leer teatro, a menos que se trate de un monólogo, se me hace cuesta arriba. Me enredo con los personajes, olvido que Fulanito dijo una frase clave tres actos atrás en una furtiva aparición y tampoco, ay, consigue darle una fisonomía particular a cada persona que aparece en las tres primeras páginas de, digamos, El mercader de Venecia. Pregunto: ¿Puedo confiar en Kenneth Branag o en Lawrence Olivier', ¿o acaso tendré que esperar a formar un grupo de teatro en atril para entrarle al bardo británico?
En medio de tanta visicitud, he encontrado una maravilla en el libro mencionado. Muy al principio, Bloom suelta frases de famosos con las que luego elabora una prenda supuestamente propia. Más allá de la validez de tal recurso, lo que le da valía al tomo es esta frase de Emerson:
"Los mejores libros nos llenan de la convicción de que la
naturaleza que les escribió es la misma que los lee".
Con 21 palabras, el ensayista estadounidense —de quien Bloom, quizá por entusiasmo, olvida proporcionar el resto de su nombre— consigue descifrar el secreto de la empatía bibliográfica (¿y por qué no llevar esta severación hasta la melomanía?). Así, cuando leo a ___________ (pon aquí a tu autor predilecto), una parte mía —acaso mi naturaleza más ajena a los sinsabores del día y a mi propia historia— es la misma que invadió durante unos segundos a ese autor.
Ufff, esto destapa y explica tantas cosas.
______
*Novelita que leí a los once años y que me dio dos lecciones nefastas: "Hasta en el corazón de la mujer más frágil hay una bestia agazapada" y "Una mujer que ha engañado a su padre, puede engañar a cualquier hombre".
El caso es que tras haber fracasado, hace cuatro años, en la lectura de Relatos y poemas para niños extremadamente inteligentes de todas las edades (saque su conclusión quien esto lee), me estoy adentrando en Cómo leer y por qué. No comparto todos sus entusiasmos; por ejemplo, ama a Tuguéniev y a Chéjov... y yo con los rusos no puedo. Me abruman sus impronunciables nombres y ese afán por dar un extensa biografía hasta del sirviente que abre la puerta. o que si alguien, en mala hora, cruza el Volga, el autor haga un alto para hablarnos durante siete páginas de la grandeza de ese río que serpentea por tantos territorios, superando con su presencia a todo lo que el ser humano ha hecho desde el inicio de los tiempos... uffff. No soy el único con semejante problema; Jorge Ibargüengoitia también reconoció su incompetencia ante Tolstoi y compañía, igual que Juan Pablo Castel, "el pintor que mató a María Iribarne", en El túnel*, de Ernesto Sábato.
También choco con Bloom cuando, a la menor provocación, descubre su ayate para presumir la efigie de Shakespeare. Y es que leer teatro, a menos que se trate de un monólogo, se me hace cuesta arriba. Me enredo con los personajes, olvido que Fulanito dijo una frase clave tres actos atrás en una furtiva aparición y tampoco, ay, consigue darle una fisonomía particular a cada persona que aparece en las tres primeras páginas de, digamos, El mercader de Venecia. Pregunto: ¿Puedo confiar en Kenneth Branag o en Lawrence Olivier', ¿o acaso tendré que esperar a formar un grupo de teatro en atril para entrarle al bardo británico?
En medio de tanta visicitud, he encontrado una maravilla en el libro mencionado. Muy al principio, Bloom suelta frases de famosos con las que luego elabora una prenda supuestamente propia. Más allá de la validez de tal recurso, lo que le da valía al tomo es esta frase de Emerson:
"Los mejores libros nos llenan de la convicción de que la
naturaleza que les escribió es la misma que los lee".
Con 21 palabras, el ensayista estadounidense —de quien Bloom, quizá por entusiasmo, olvida proporcionar el resto de su nombre— consigue descifrar el secreto de la empatía bibliográfica (¿y por qué no llevar esta severación hasta la melomanía?). Así, cuando leo a ___________ (pon aquí a tu autor predilecto), una parte mía —acaso mi naturaleza más ajena a los sinsabores del día y a mi propia historia— es la misma que invadió durante unos segundos a ese autor.
Ufff, esto destapa y explica tantas cosas.
______
*Novelita que leí a los once años y que me dio dos lecciones nefastas: "Hasta en el corazón de la mujer más frágil hay una bestia agazapada" y "Una mujer que ha engañado a su padre, puede engañar a cualquier hombre".
miércoles, octubre 10, 2007
¿Y el otoño?
Octubre casi llega a la mitad de su edad y esta vez ha olvidado traer el sol tibio, el aire frío y la atmósfera limpia. ¿Qué pasa? Amistades y habituales de este blog no la han tenido fácil en estos días, como si las nubes ominosas de septiembre anduvieran escondidas y repentinamente salieran para joder vidas nobles.
En la oficina, la rockola portátil ha sonado en random, pero nada ha atrapado mi oído. No sé por qué anoche mi mood se identificó con un par de álbumes de John Zorn, de ésos en que los personajes de Tex Avery parecen torturados con toques eléctricos (ughh). No tomé ninguna guitarra o saxofón de aire, simplemente me tumbé en el piso y dejé que los sonidos golpearan todo.
¿Será que el impacto lo recibí horas tarde y por eso en el desayuno un descuido mío provocó que cayera la taza de café americano y mojara mis jeans y mi marsupio, con la consabida sensación de vergüenza-rabia-desconcierto que llegó una centésima de segundo tras que mis piernas comprobaron que el café no estaba tan caliente como lo hubiera querido para beberlo con una astorga que —luego me di cuenta— se quedó allí, como sobreviviente del desastre, en la barra de Los Bisquets Bisquets Obregón*?
Sergio Pitol ha dicho que es supersticioso y que si recibe una mala noticia cuando lee equis libro, se deshace de ese volumen, pues sabe que no volverá a él porque ya es un magneto para las nuevas más nefastas. Yo, antes de saber eso, ya lo había experimentado en carne propia. Hace muchos ayeres, leía un libro de Truman Capote cuando me ocurrió un hecho aciago que propició incluso que ese título se esfumara y aunque luego lo recuperé en una edición diferente, no he podido abrirlo. Mas con ganas de dejar atrás esas lecciones, aprendidas seguramente en la infancia, a la hora de la comida me llevé la revista que ocasionó el accidente con el café y pude acabar el artículo de Edmund Wilson (Polonio. Del trabajo literario. Breve guía para autores y editores) que estaba pendiente. Y no, ni la sopa o el agua de jamaica se hermanaron con esa taza de americano que, increíblemente, no se rompió.
*¿Sabe alguien cuándo Los Bisquets de Obregón perdieron ese nombre y se volvieron Los Bisquets Bisquets Obregón?
En la oficina, la rockola portátil ha sonado en random, pero nada ha atrapado mi oído. No sé por qué anoche mi mood se identificó con un par de álbumes de John Zorn, de ésos en que los personajes de Tex Avery parecen torturados con toques eléctricos (ughh). No tomé ninguna guitarra o saxofón de aire, simplemente me tumbé en el piso y dejé que los sonidos golpearan todo.
¿Será que el impacto lo recibí horas tarde y por eso en el desayuno un descuido mío provocó que cayera la taza de café americano y mojara mis jeans y mi marsupio, con la consabida sensación de vergüenza-rabia-desconcierto que llegó una centésima de segundo tras que mis piernas comprobaron que el café no estaba tan caliente como lo hubiera querido para beberlo con una astorga que —luego me di cuenta— se quedó allí, como sobreviviente del desastre, en la barra de Los Bisquets Bisquets Obregón*?
Sergio Pitol ha dicho que es supersticioso y que si recibe una mala noticia cuando lee equis libro, se deshace de ese volumen, pues sabe que no volverá a él porque ya es un magneto para las nuevas más nefastas. Yo, antes de saber eso, ya lo había experimentado en carne propia. Hace muchos ayeres, leía un libro de Truman Capote cuando me ocurrió un hecho aciago que propició incluso que ese título se esfumara y aunque luego lo recuperé en una edición diferente, no he podido abrirlo. Mas con ganas de dejar atrás esas lecciones, aprendidas seguramente en la infancia, a la hora de la comida me llevé la revista que ocasionó el accidente con el café y pude acabar el artículo de Edmund Wilson (Polonio. Del trabajo literario. Breve guía para autores y editores) que estaba pendiente. Y no, ni la sopa o el agua de jamaica se hermanaron con esa taza de americano que, increíblemente, no se rompió.
*¿Sabe alguien cuándo Los Bisquets de Obregón perdieron ese nombre y se volvieron Los Bisquets Bisquets Obregón?
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